Orgullo LGBT+. Un testimonio de vida.

Soy Mario, tengo 30 años, trabajo en una consultora y vivo en una casa con piscina a las afueras. Tengo novia y juntos cuidamos de sus dos preciosos hijos. Puedo decir que soy muy feliz con mi vida.  Pero hasta llegar a esta situación, he tenido que luchar mucho, contra mi mismo, contra la sociedad, contra mi familia.

Siempre me he sentido distinto a los demás, que no encajaba, pero cuando me empecé a desarrollar fue cuando realmente me di cuenta de que algo no iba bien, no me gustaban mis pechos. Mi madre me decía que era normal, que necesitaba un tiempo para adaptarme a la nueva forma de mujer… Pero mi madre con toda su buena intención no entendía qué estaba pasando.

Tenía buenos amigos, se me daban bien los estudios, iba pasando de curso, con mi familia tenía muy buena relación…pero yo no estaba agusto y no sabía el porqué.

Cuando fui cumpliendo años aparecieron palabras nuevas como gay, homosexual, transexual…recuerdo una charla que vinieron a darnos en bachillerato que me dejó muy tocada. ¿Y si yo no era heterosexual como todo el mundo daba por sentado?

Había tenido alguna relación con chicos y realmente no había llegado a disfrutar, pero siempre había pensado que era porque mi autoestima no andaba muy allá y no aceptaba mi nuevo cuerpo de mujer.

¿Y si me gustaban las mujeres? ¿Y si era lesbiana?

Con el tiempo me fui dando cuenta que me gustaban las mujeres y empecé a tener relaciones satisfactorias, tanto física como psicológicamente.

Me armé de valor y se lo dije a mis padres, mi madre lo asumió como pudo, pero mi padre me dijo que qué tonterías decía… Con el tiempo comprendí que para su educación, era una cuestión difícil de asimilar, pero al fin y al cabo yo seguía siendo su hija y lo acabarían entendiendo.

Por aquel entonces yo estaba empezando a salir con María, mi actual pareja, mi compañera, mi guía.

Empezamos a salir y pronto vimos que algo no funcionaba bien en mí, no acababa de sentirme bien conmigo misma. Con la ayuda de amigos, nos pusieron en contacto con un profesional y comencé a recorrer el camino hacia mi nueva vida.

Con su ayuda descubrí que el malestar con mi cuerpo se debía a que yo me sentía como un hombre.  Por eso siempre había rechazado esos pechos que me salieron en la pubertad, muchas cosas cobraron sentido desde esta perspectiva. Y según avanzaba la terapia y yo iba contándoselo al mundo, cada vez me sentía más seguro de mi mismo, en mi sitio, en mi lugar.

Al poco inicié la terapia hormonal con 22 años y en pocos meses los rasgos de la cara comenzaron a endurecerse, mi masa muscular comenzó a crecer y mi voz cambió para volverse ruda y fuerte. No os podéis imaginar lo bien que sienta estar en tu propio cuerpo y que la gente te trate como lo que eres.

Ha sido un camino muy difícil, pero lo volvería a recorrer con los ojos cerrados para llegar adonde estoy ahora. Tengo que agradecer a toda esa gente que me ha ayudado en este camino, a mis padres, porque sé el esfuerzo que han hecho por entenderme y en especial a María. Que me ha acompañado en todo momento.

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